sábado, 13 de agosto de 2016

Que fuerte:

Este articulo no lo escribí yo, aunque me hubiera encantado hacerlo, porque estoy completamente de acuerdo con lo que se dice. Lo tomé de la página http://www.swager.mx; El artículo se llama "México es un país lleno de folclor y racismo". No encontré el nombre del autor por ningún lado pero el crédito es solo suyo.

Disfruten:

México es un país de folclor y si usted alguna vez ha visitado un mercado mexicano la siguiente frase parecerá familiar, una frase sin mucho que remarcar: “¡¡Pásele güerita(o), pásele!!”. 
Hay otras expresiones muy comunes en el léxico del mexicano que también pasan desapercibidas y que pueden resultar un poco más ofensivas, frases que en primera instancia no lo parecen, pero que tienen mucho en común con la primera: “Pinche indio”, “Pinche naco”, “Hijo de la chingada”, etc. En esas frases, hay un chingo de cosas que van mal
La primera frase, la del mercado, es una forma primitiva de mercadotecnia que invita al cliente haciendo halagos a la supuesta plusvalía (sea ésta real o inexistente) de su color de piel. Esta estrategia puede ser objetiva o no, porque aunque uno no sea güerito(a), al parecer al marchante(a) siempre es chido que le distingan de sus connacionales con halagos que lo diferencien del grosso moreno de la población. 
Este comportamiento es una herencia colonial del racismo que se practicaba en la región hace más de 500 años en un sistema de clasificación tan vasto como ridículo. Apelativos como ‘saltapatrás’ para designar la herencia genética heredada de la mezcla de un albino con español, o ‘chamizo’ para la genética de la mezcla de un ‘cholo o coyote’ (indio con mestizo) con un ‘indio’ o indígena, y así la lista interminable. 
“Pinche indio”, “Pinche naco”, “Hijo de la chingada”, son también frases que esconden su complejidad. Son insultos compuestos con todo aquello que ofende al mexicano: pinche es nuestra forma de enfatizar un adjetivo o un sustantivo y agrandarlo a su superlativo mas enfático y si es posible, más denigrante. Indio se remonta al error que Colón cometió al ‘descubrir’ América al pensar que había llegado a las Indias. Indio refiere al indígena o a las poblaciones que originalmente ocupaban el territorio americano antes de la llegada de los europeos en el siglo XVI. Hoy día, indio es la forma mexicana de decir que eres poco sofisticado y perteneciente a una clase inferior de los diferentes estratos sociales de la sociedad mexicana. Naco es una palabra más compleja con un sinnúmero de significados pero con fines prácticos la podemos definir como ‘de poco gusto’. Finalmente, ‘hijo de la chingada’ es uno de los indultos supremos del argot mexicano, refiere al abuso sexual que la figura máxima en el ámbito social del mexicano, la madre, o tu madre, sufrió al momento de tu concepción. Todas estas definiciones evocan al mismo fenómeno: ser prieto en México es estar ‘chingado’
A través de los años y después de haber recorrido varios contextos sociales en diversos países, sin temor a equivocarme, puedo decir que México, mi país, es uno de los lugares más racistas en los que he estado, vivido y convivido. En mi país el fenómeno se vive, como era de esperarse, en un folclor particular que sin lugar a dudas cae, como muchas cosas en México, en lo ridículo. 
El país es, en gran parte, un país étnicamente homogéneo. Alrededor del 60% de la población es mestiza (mezcla de genética europea e indígena de la Mesoamérica precolombina), otro 30% es reconocido como de ascendencia indígena y tan sólo un 9% de orígenes europeos. A pesar de ello, en mi país todavía existen familias que creen que si el hijo/nieto/sobrino o la chingada, sale güerito(a) y de ojos claros entonces ya la armó sin pedos. 
Cuando se prende la televisión, tanto en los comerciales como en los programas producidos a nivel nacional, prácticamente sólo se ve gente de rasgos europeos y tez blanca. De vez en vez aparece las mujeres que hacen la limpieza y que tienen pinta de mexicanas promedio, pero no hay que ir más allá, ésas son las que salen en su papel de figura materna sobreprotectora, confidente íntima de la princesa del castillo cuando ésta ha dejado la cuna. 
Incluso en lugares remotos del África Sub-Sahariana donde ven la mierda de telenovelas que produce Televisa, la gente cree que todos los mexicanos se ven como el fulano de (ponga aquí cualquier nombre ridículo de galán de telenovela con mas de 5 nombres propios) que sale en la novela a la hora de mayor audiencia. 
Es una pena que sean ésas las directrices que marcan el comportamiento de la sociedad de mi país de origen y además sea nuestro principal producto de exportación, a la mano del tequila mierdico de José Cuervo. Cremas blanqueadoras, hogares que parecen sacados del Orange County donde se anuncian electrodomésticos, fiestas de lujo de personas con pinta de rusas en el 1er Arrondissement de París para anunciar perfumes con fragancias que solamente sirven para enmascarar la inseguridad y el olor a taco al pastor de mi sociedad aspiracional. Teléfonos celulares capaces de hacernos puñetas virtuales anunciados en un spot publicitario en alguna ciudad europea para una compañía mexicana. Un par de fulanos con más pinta de gringos que Britney Spears saliendo de rehabilitación, reafirmando su amistad con una Coca-Cola en lo que parece un contexto urbanos donde puedes salir a la calle con audífonos Beats de $3,000 MXP sin que te roben, contextos que raramente existen en mi país. Automóviles que circulan por ciudades donde no los para el poli de tránsito con la torta bajo el sope y la barriga que apunta a fuerza del botonazo. 
Nos venden el sueño, nosotros de pendejos se los seguimos comprando, comprando el pinche espejito y la cuencas sin valor de la aspiración, mientras nos tragamos el tamal y nos tomamos el atole de su dedo. 
Es una pena y no una coincidencia, que los estados más pobres de la República son aquéllos con mayor número de población indígena, y es que a pesar de que han pasado 500 años desde la conquista española, es ahí donde la noche más larga no encuentra amanecer en los rezagos que ya son letanía de una clase política, corrupta e indiferente: injusticias, retraso social y educativo y sobre todo rechazo, rechazo en contra de un código genético que les jugó la mala broma de poner un poco más de melanina que la necesaria para triunfar en una sociedad que aspira a lo caucásico. 
Sin más, diez puntos que le servirán para incomodar a sus conocidos mexicanos y que harán de su convivencia algo memorable:
  
1.              Cuando sea presentado al recién nacido de su amistad coméntele: ¡No mames wey, que morenito(a) salió tu bebé! 
2.              Pregunte a su interlocutor: ¿Tienes ascendencia Tlaxcalteca? (Puede insertar el gentilicio prehispánico que mejor le acomode dependiendo de la región del país) 
3.              Abra la conversación con un comentario tal como: “Yo pienso que México es un país racista”. Observe como de manera inmediata el comentario es ignorado y la audiencia cambia de tema. 
4.              Cuando alguien haga referencia sobre lo adecuado/bonito/pertinente sea algún producto anunciado en la televisión, haga notar a su interlocutor que el producto/servicio en venta nunca lo hará verse como las personas que participan en el anuncio. 
5.              Haga mención en lo ridículo que nos vemos los mexicanos con nombres extranjeros, especialmente los nombres anglosajones o europeos sacados de la televisión. Nombres como Oliver, Alex, Jonathan, Brandon, Britney, etc. 
6.              Cuando critiquen Halloween, recuérdele(s) que Navidad no se inventó en Tecamachalco. 
7.              Hágale saber a su interlocutor que la Guadalupana es una mezcla bizarra del sincretismo expresado en disfrazar un ícono con otro, en este caso, la virgen María de los españoles católicos blanquitos y el paganismo de la cultura indígena con la diosa Tonantzin, morenatza de corazón. 
8.              Indique cuando exista el abuso frecuente de anglicismos en una conversación de español mexicano, sobre todo cuando ésta está dotada de un acento fresa. Comunique a su interlocutor que su inseguridad se refleja en la falta de vocabulario de su lengua materna. 
9.              Recuerde a sus interlocutores que la variación del color de la piel se debe principalmente a un pigmento llamado melanina, el cual sirve principalmente para disipar la radiación UV a la que somos expuestos. Dígale que si se es suficientemente persistente, podrá encontrar en él/ella trazas de información genética de alguna raza menos favorecida por los contextos socioculturales de la época en su propia sangre. 
10.            Cuando su interlocutor insulte a alguien usando el apelativo de ‘indio’ en cualquiera de sus manifestaciones de manera peyorativa, recuérdeles que el/ella no es ningún(a) duque/duquesa de Borgoña. Seguramente no sabrá donde se encuentra Borgoña. 
En el país del “ya mérito”, hasta el color de la piel es un ‘casi’. Una nación aspiracional, acomplejada y con falta de educación que antes de ser considerada una nación desarrollada tiene que aprender a tolerarse, a aceptarse a sí misma. Tenemos mucho que perdonarnos como cultura y nación, para ello, tal vez nos falten aun unos cuantos siglos. 


Para el mexicano la vida es una posibilidad de chingar o de ser chingado.
Octavio Paz 

martes, 9 de agosto de 2016

¿Enseñar o educar?

Este año pienso comenzar una nueva etapa en mi vida utilizando parte de mi tiempo libre dando clases a nivel licenciatura. Esta idea me ha perseguido ya desde hace algunos años derivado de mi experiencia como estudiante y de mi experiencia como papá, ya que en ambas experiencias descubrí que ni me enseñaron como me hubiera gustado ni les han enseñado a mis hijos como me gustaría que les enseñaran; en términos generales no me refiero a los programas de estudio, los cuales están ahí nos gusten o no, sino a la utilidad de esos conocimientos en la vida real. Si bien, pagando miles de pesos se puede obtener una mejor educación en escuelas particulares (no voy a decir nombres) mi postura no tiene nada que ver con lo que los catedráticos enseñan, sino con la utilidad que se le puede dar a esos nuevos e invaluables conocimientos que uno adquiere durante los años de formación en el primer tercio de nuestra vida. 
¿Cuantos de nosotros no tuvimos compañeros en la Universidad que difícilmente sabían leer o escribir? o peor aún, ¿Cuántos de nosotros tenemos compañeros de trabajo con puestos importantes (incluso a nivel ejecutivo) que tampoco saben leer o escribir? (gracias Word) Y el problema, como menciono arriba, no son los programas de estudio sino en su gran mayoría los catedráticos. Recuerdo claramente que cuando fui estudiante de la Licenciatura en Sistemas, en una clase de economía, tuve un maestro que nos explicaba las teorías económicas de Adam Smith y “la mano misteriosa” de la economía, y después de su explicación, que técnicamente no estaba mal, nos dijo con toda la seguridad del mundo para que escribiéramos en nuestros cuadernos: “Sintisis compañeros” (SIC), si, “sintisis”. ¿Cómo puede un profesor de nivel Licenciatura tener tan pobre calidad en su lenguaje? Por supuesto que, aunque fuera yo a aprender mucha economía de este profesor, no quise arriesgarme a perder lo que había aprendido de gramática, ortografía y dicción, así que fui a poner una queja formal a la dirección de la carrera. Afortunadamente para mí (espero que mis compañeros lo hayan visto útil también) cambiaron al personaje.
Si bien hay una edad en la que no nos queda más remedio que aceptar lo que nos enseñan (y si no lo vemos útil simplemente “pasamos” la materia), hay otra edad en la que uno debe hacerse responsable de lo que aprende y allegarse de ese conocimiento que la “sintisis” no alcanza a darnos, pero ese es tema de otro ensayo, aquí escribiré solo de lo que los profesores nos pueden transmitir, y no todo es malo; así como tuve pésimos profesores y promedio, también tuve muy buenos y también los recuerdo bien, por ejemplo, en secundaria (y era una escuela pública, por lo que las escuelas públicas no son malas) tuve una maestra de literatura que realmente nos enseñaba con pasión y nos exigía pronunciar correctamente palabras o frases en otros idiomas y nos explicaba su significado, además por supuesto de asegurarse que nuestra escritura fuera impecable en español. Esta maestra, forma parte de ese selecto grupo de personas que influyeron positivamente en mi deseo de tener una educación INTEGRAL e inclusiva de diferentes temas en una clase, ya que me parece muy enriquecedor que un profesor de Literatura Española, nos enseñe frases en inglés y francés para complementar el conocimiento y para darle un mejor contexto a lo que se aprende.
En este orden de ideas y como lo menciono al final del párrafo anterior, creo que la clave de una buena educación es la enseñanza integral. Como profesionista de Tecnologías de la Información, podría pensar que la gramática y la ortografía no juegan un papel importante en esto (los lenguajes de programación no usan acentos…) pero es completamente falso. ¿Cómo se va a escribir un “product backlog” (documento de la metodología ágil Scrum que describe los requerimientos de los usuarios) si lo que escribimos no tiene pies y cabeza y nuestros lectores terminarán distraídos de la idea original por tratar de encontrarle sentido al documento? ¿Cómo podemos entonces escribir un contrato, si carecemos de las herramientas elementales tales como la ortografía, gramática, dicción y sobre todo vocabulario, para hacerlo? Y este es solo la mitad del problema… ¿para que enseñar gramática y ortografía si no se enseña a escribir contratos o documentación? Y si no sabemos escribirlos… ¿Cómo sabremos leerlos? 
Es evidente que los profesores deben aportar mucho más a su trabajo y no solo exigir, sino enseñar cosas básicas en sus respectivas materias, de forma que cuando los estudiantes terminen su curso, realmente terminen más preparados y con una visión integral de lo que se supone acaban de aprender. Ese es mi objetivo; eso es lo que quiero aportar, de forma que, si de 10 profesores 1 hace el trabajo correctamente, no sólo ayudamos al estudiante a entender la materia que impartimos de mejor forma, sino de paso ayudamos a los otros 9 profesores a que sus alumnos busquen una utilidad en las cosas que aprenden para poderlo aplicar correctamente en la vida diaria y no solo en la vida profesional.
Aportemos lo que nos sea posible.


“Cada quien es lo que hace, con lo que hicieron de él”, Jean-Paul Sarte.